El día que palmó Moore
El Semanal, 9- Enero -2005
Ya saben ustedes que, más que nada por fastidiar a ciertos soplapollas, me
gusta recordar aquí, de vez en cuando, fechas de batallas, aniversarios
históricos y cosas así. Cada uno tiene sus querencias, y ese ejercicio
reaccionario y fascista de saber de dónde vienes y lo que hicieron tus abuelos
Cebolleta, y evitar, sabiéndolo, que el aprovechado de turno te lleve otra vez
al huerto, me consuela mucho. Y entretiene. Como dicen en Mursia: pasemos
muy buenos ratos echando pan a los patos; y cuanto más pan echemos,
mejores ratos pasemos. Y resulta que, hojeando libros, acabo de darme cuenta
de que el próximo fin de semana hay otro aniversario a mano: ciento noventa
y seis años desde la batalla de La Coruña. Allí lo saben de sobra, porque se
conmemora con uniformes de época, conferencias, exposiciones y parada
militar, gracias al ayuntamiento local –Francisco Vázquez es un alcalde sin
complejos–, a la Asociación Napoleónica Española, a los Royal Green Jackets
ingleses y a varias instituciones francesas y británicas, que luego, a principios
de verano, cuando mejora el tiempo, reconstruyen la batalla con uniformes,
cargas de caballería, cañonazos y olor a pólvora.
Y es que la Historia sólo está muerta para los imbéciles, o para los que gallean
de nación pero no comparten la palabra: mierdecillas aldeanos que, por
defender la memoria propia, niegan y ofenden la de otros. O, peor aún, la
memoria que ellos mismos tienen en común con otros; que, además, suele ser
casi toda. Por eso me alegra que los coruñeses recuerden aquellos duros días
invernales de 1809, cuando el cuerpo expedicionario británico, intentando
embarcar ayudado por las tropas españolas y por la población civil, se retiraba
ante los ejércitos imperiales mandados por el mariscal Soult, y en pleno
combate el general inglés Moore palmó alcanzado por un disparo de artillería. Y
allí sigue enterrado el hombre. Una retirada, por cierto, la británica, que como
todos los historiadores subrayan –desde los clásicos Toreno y Arteche hasta el
contemporáneo Navas con su estupendo análisis de la guerra napoleónica en
Galicia–, se hizo a la manera tradicional de esos hijos de puta: con la
arrogancia y crueldad anglosajonas habituales, saqueando, quemando y
violando, sin importarles un carajo que la pobre gente víctima de su desorden
fuese española, gallega y aliada.
Pero, ingleses aparte, lo que se conmemora el próximo fin de semana no es
sólo un episodio militar aislado. Rara vez una batalla se limita a eso. La de La
Coruña, también llamada de Elviña, marcó para Galicia el comienzo de algo
mucho más importante. Los habitantes de aquellos pueblos devastados por
unos y otros, la gente harta de que ejércitos extranjeros se pasearan por allí
ahorcando, arcabuceando, quemando pueblos y robándolo todo, empezó a
cabrearse. A echarse al monte. Y así, las tropas francesas que habían
expulsado a los ingleses se vieron pronto acosadas por partidas de guerrilleros
que poco a poco incrementaron sus acciones y se hicieron numerosos.
Imagínense el cuadro: campesinos, estudiantes, curas con sotana remangada,
trabuco y toda la parafernalia, en plan hola caporaliño Dupont, te suena la
miña cara, ris, ras. A tomar por o saco. Sólo en una noche, el 2 de febrero,
doscientos gabachos fueron degollados por campesinos entre La Coruña y
Betanzos. Y así fue a más la cosa, cada uno por su cuenta al principio, hasta
formarse un auténtico ejército regular, como ocurrió en el resto de la
Península, en una guerra que cuando todavía era estudiada en los colegios la
llamábamos guerra de la Independencia –de la independencia de España– y en
la que participaron juntos y revueltos, aunque a mucho cantamañanas no le
guste recordarlo, gallegos, vascos, catalanes, asturianos, andaluces,
aragoneses y demás. O sea: todo cristo.
En cuanto a La Coruña, pues eso. Seis meses después de aquella batalla, los
mariscales Soult y Ney, con todos sus anfansdelapatrí, abandonaron una
Galicia que los ejércitos franchutes nunca lograrían pacificar. Verdes las había
segado el Petit Cabrón. Que luego eso fuera bueno o malo –el infame Fernando
VII, etcétera–, ya es harina de otro costal. Lo que importa es que el domingo
próximo habrá conmemoración allá arriba. También lo recordarán, supongo,
cuantos gallegos tienen memoria y aman su tierra, y lo recordaremos el resto
de españoles que amamos a los gallegos. Y a quien no le guste, que le vayan
dando.
"Los niños adoran a sus juguetes Piden de ellos lo que los hombres siempre han pedido a sus dioses. Alegría y el olvido". Anatole France Sobre todo Modelismo y Historia
martes, 30 de noviembre de 2010
lunes, 29 de noviembre de 2010
Corsarios Uruguayos


PATENTE DE CORSO
Por Arturo Pérez-Reverte
Corsarios uruguayos
Oído al parche los hermanos de la costa que,
como el arriba firmante, han viajado en la
Hispaniola a la isla de los piratas,
arponeado ballenas a bordo del Pequod o
combatido penol a penol en la Surprise, entre
cañoneos y astillazos, junto al amigo Jack Aubrey y
el doctor Maturin. Esto es un aviso exclusivo para
navegantes, o para quienes consideran que abrir
las tapas de un libro es franquear una puerta hacia
la vida y la aventura; así que quienes no conozcan
los signos masónicos pertinentes, pueden pasar la
página y dejarnos tranquilos entre colegas, con los
esqueletos en el cofre del muerto y nuestra botella
de ron.
Una advertencia: no suelo utilizar los
domingos para recomendar libros mas que de uvas
a peras, y cuando lo hago especifico que le estoy
rindiendo homenaje a un amiguete y que me ciega
la pasión, de modo que mi juicio puede ser
cualquier cosa menos objetivo. Esta vez, sin
embargo, voy a hablarles de una novela escrita por
alguien a quien no conozco, y cuya publicación en
España constituye para mí una excelente noticia y
un acto de justicia. El título es La cacería. Y su
autor, un uruguayo de sesenta y seis años llamado
Alejandro Paternain.
Cayó en mis manos por casualidad, en
1996. Yo estaba en Montevideo, buscando el hotel
desde donde el espía británico ve al Graf Spee
hacerse a la mar en La batalla del Río de la Plata,
cuando la casualidad puso en mis manos La
cacería. La novela y el autor me eran
desconocidos, pues Paternain nunca había sido
publicado en España; pero el asunto me fascinó
desde el principio: primer tercio del siglo XIX,
corsarios, una persecución clásica en el mar.
Aventura, historia, navegación, se daban feliz cita
en aquellas páginas, que además estaban
extraordinariamente bien escritas. Así que localicé
al autor —supe entonces que era profesor de
Literatura y que tenía otras tres novelas—, hablé
con él por teléfono y le dije olé sus huevos, abuelo.
Ya no se escriben novelas como ésa, y me habría
gustado firmarla a mí. Luego compré cinco o seis
ejemplares, se los regalé a los amigos, y me
desentendí del asunto.
Uno de aquellos ejemplares cayó en
buenas manos, y Amaya Elezcano, que es mi
editora y mi amiga, se empeñó en publicarla. La
cacería acaba de salir, por tanto, y anda por las
librerías con una goleta preciosa pintada al óleo por
Carlos Puerta en la tapa, navegando a todo trapo
entre cañonazos, ante un cielo y un mar azules.
Dentro hay —se lo juro a ustedes por la bala que le
saca Matthew Modine a Geena Davis en La isla de
las cabezas cortadas— una novela singular,
bellísima, insólita en la literatura actual en lengua
española. Relata las peripecias y combates de una
goleta corsaria artiguista entre 1819 y 1821,
durante la campaña naval que abarca el período de
las invasiones portuguesas. A bordo de
embarcaciones ligeras y audaces como ésa,
marinos norteamericanos y de otras nacionalidades
pelearon bajo el pabellón tricolor por la
independencia de Uruguay, constituyendo la
primera marina de guerra de ese país. No es
casual, por tanto, que el día 15 de noviembre se
celebre el nacimiento de la armada nacional
uruguaya: en esa misma fecha, año de 1817,
Artigas, jefe de los orientales, firmó la patente
oficial de presas para John Murphy, capitán de La
Fortuna.
Como verán —y vivirán— en La cacería, el
escenario de esa dura campaña naval contra los
portugueses no se redujo a las aguas cercanas. Se
extendió por mares y océanos hasta el
Mediterráneo, con atrevidas singladuras y
combates en que uno y otro bando tuvieron variada
suerte. Y esta novela cuenta uno de esos
dramáticos episodios: una persecución prolongada,
implacable, bajo la forma de un apasionante duelo
en el mar entre el capitán Brito, al mando del brick
portugués Espíritu Santo y la goleta corsaria
Intrépida, mandada por el capitán Blackbourne.
Sigo sin conocer personalmente a
Alejandro Paternain, que ya más cerca de los
setenta que de los sesenta es un clásico vivo. Pero
quiero agradecerle con estas líneas algo más que
permitirme disfrutar una hermosa novela sobre el
mar. Su gran logro es trasladar al lector a la
cubierta de esas embarcaciones, con todo el trapo
arriba, el viento en la jarcia, y en la boca el sabor
de la sal y el aroma del peligro. Digna de figurar
junto a los mejores relatos navales de Patrick
O'Brian, C. S. Forester y Alexander Kent, La
cacería es una epopeya ruda e inolvidable. Nos
devuelve al tiempo en que una raza especial de
hombres aún surcaba los mares en busca de gloria
o de fortuna.
30 de mayo de 1999
Una maravilla de libro, lo compre el 30 de mayo del 2000 lo recomiendo a todo el que le guste leer y viva los libros.
martes, 16 de noviembre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
Espada tengo. Lo demás, Dios lo remedie
Patente de corso
Héroe, conquistador, asesino
XLSemanal - 11/10/2010
A veces coinciden las cosas de un modo asombroso. Estaba hace unos días repasando la carta que escribió en el siglo XVI el conquistador Lope de Aguirre al rey Felipe II, ciscándose literalmente en sus muertos. Ésa en la que se proclama «rebelde a tu servicio como yo y mis compañeros seremos hasta la muerte». Lo hice con intención de mencionarla, de pasada, en un momento determinado de la séptima entrega alatristesca, con la que ando a vueltas y que aparecerá en febrero o marzo, supongo.
El caso es que esa misma noche fui a cenar con Javier Marías, como solemos de vez en cuando;y apenas sentados, Javier me puso sobre la mesa el último título publicado por su editorial Reino de Redonda: La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre, del inglés Robert Southey. El nuevo libro redondino es una estupenda traducción del original publicado en 1821: breve, escrito con tono contenido, clásico, ajeno a los habituales tópicos británicos sobre la barbarie española y el aliento a ajo. En realidad apenas disimula la fascinación del autor por el personaje. Y no era para menos; pues si alguien encarna la desesperación, el coraje y la locura criminal en que acabaron algunos episodios de la exploración y conquista de América, es Lope de Aguirre. Sobre él, historiadores y novelistas coinciden con singular unanimidad. Otros como Pizarro, Cortés o Alvarado, heroicos animales que dieron un nuevo mundo a España, tienen admiradores y detractores que subrayan su valor brutal o condenan sus atrocidades.
En el caso de Aguirre, vascongado de Oñate, la coincidencia es absoluta: su aventura es la más enloquecida y sangrienta de todas. La expedición para el descubrimiento y conquista de la mítica ciudad de El Dorado acabó en una orgía de sangre, culminada cuando Aguirre mató a su propia hija, para impedir que cayera en manos de los enemigos, antes de que sus hombres le cortaran la cabeza. La historia de ese conquistador fracasado, cruel, arrogante, paranoico y asesino, me fascina desde que leí La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender: novela subyugante, extraordinaria, que los once chicos que hacíamos bachillerato de Letras en mi colegio nos pasábamos como quien confía en voz baja el descubrimiento de un tesoro. Aquel soldado receloso y cruel, que dormía armado con peto y espada, por si acaso, y degollaba con carácter preventivo, sin despeinarse, simbolizó para mí, desde entonces, el lado más turbio y oscuro de la Conquista. Luego, con el tiempo y otras lecturas, me adentré más en el personaje: un par de libros fundamentales del profesor Emiliano Jos, las novelas de Ciro Bayo y Uslar Pietri, y la película de Werner Herzog Aguirre, la cólera de Dios; que, aparte del magnífico plano inicial de la película, me decepcionó por dos razones: era un tostón macabeo, y los visajes del histriónico rubio Klaus Kinski nada tenían que ver con ese carnicero hosco, cerril, de acero fácil, al que siempre imaginé bajito, cetrino, barbudo, tranquilo y silencioso.
Otra película que rodó Carlos Saura, El Dorado, tampoco era para tirar cohetes; pero afinaba más. Calaba mejor la psicología del asunto y el ambiente, aunque también me dejó con las ganas: Omero Antonutti «que luego encarnó a un excelente maestro de esgrima» tampoco cuajaba el personaje. No era mi Lope de Aguirre. Si tuviera que quedarme con algo de toda esa peripecia amazónica, sería con la carta famosa que Aguirre escribió al rey de España para decir que renegaba de él y de su casta, y que desde ese momento él y sus hombres se proclamaban libres e iban a su aire: «Estando tu padre y tú en los reinos de Castilla sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos, a costa de su sangre y hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes. Mira que no se puede llevar con título de rey justo ningún interés en estas tierras donde no aventuraste nada».
Esa carta la calificó Simón Bolívar de primera declaración de independencia americana; pero el libertador barría para casa. Lo que a mi juicio simboliza Aguirre, dirigiéndose así a Felipe II, es la osadía del español arrogante, cruel como la tierra que lo parió, harto de trabajos sin recompensa, maltratado por monarcas, ministros y gobernadores, que se revuelve en el extremo del mundo, gritando que cuanto pagaron su sudor y sangre le pertenece. Que él mata con sus manos y fía con su vida el precio de tanto horror y trabajos; mientras que el gobernante, allá en su palacio «entonces como ahora», gobierna y mata de lejos sin arriesgar nada, con las leyes y los verdugos a su servicio. Y al cabo, rotos los diques de la sumisión y la obediencia, ese súbdito desesperado pregona a voces que, quien tenga agallas, vaya allí y se atreva a obligarlo. Dando mayor sentido a las palabras de Cervantes en El casamiento engañoso, cuando hace decir al alférez Campuzano: «Espada tengo. Lo demás, Dios lo remedie».

Héroe, conquistador, asesino
XLSemanal - 11/10/2010
A veces coinciden las cosas de un modo asombroso. Estaba hace unos días repasando la carta que escribió en el siglo XVI el conquistador Lope de Aguirre al rey Felipe II, ciscándose literalmente en sus muertos. Ésa en la que se proclama «rebelde a tu servicio como yo y mis compañeros seremos hasta la muerte». Lo hice con intención de mencionarla, de pasada, en un momento determinado de la séptima entrega alatristesca, con la que ando a vueltas y que aparecerá en febrero o marzo, supongo.
El caso es que esa misma noche fui a cenar con Javier Marías, como solemos de vez en cuando;y apenas sentados, Javier me puso sobre la mesa el último título publicado por su editorial Reino de Redonda: La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre, del inglés Robert Southey. El nuevo libro redondino es una estupenda traducción del original publicado en 1821: breve, escrito con tono contenido, clásico, ajeno a los habituales tópicos británicos sobre la barbarie española y el aliento a ajo. En realidad apenas disimula la fascinación del autor por el personaje. Y no era para menos; pues si alguien encarna la desesperación, el coraje y la locura criminal en que acabaron algunos episodios de la exploración y conquista de América, es Lope de Aguirre. Sobre él, historiadores y novelistas coinciden con singular unanimidad. Otros como Pizarro, Cortés o Alvarado, heroicos animales que dieron un nuevo mundo a España, tienen admiradores y detractores que subrayan su valor brutal o condenan sus atrocidades.
En el caso de Aguirre, vascongado de Oñate, la coincidencia es absoluta: su aventura es la más enloquecida y sangrienta de todas. La expedición para el descubrimiento y conquista de la mítica ciudad de El Dorado acabó en una orgía de sangre, culminada cuando Aguirre mató a su propia hija, para impedir que cayera en manos de los enemigos, antes de que sus hombres le cortaran la cabeza. La historia de ese conquistador fracasado, cruel, arrogante, paranoico y asesino, me fascina desde que leí La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender: novela subyugante, extraordinaria, que los once chicos que hacíamos bachillerato de Letras en mi colegio nos pasábamos como quien confía en voz baja el descubrimiento de un tesoro. Aquel soldado receloso y cruel, que dormía armado con peto y espada, por si acaso, y degollaba con carácter preventivo, sin despeinarse, simbolizó para mí, desde entonces, el lado más turbio y oscuro de la Conquista. Luego, con el tiempo y otras lecturas, me adentré más en el personaje: un par de libros fundamentales del profesor Emiliano Jos, las novelas de Ciro Bayo y Uslar Pietri, y la película de Werner Herzog Aguirre, la cólera de Dios; que, aparte del magnífico plano inicial de la película, me decepcionó por dos razones: era un tostón macabeo, y los visajes del histriónico rubio Klaus Kinski nada tenían que ver con ese carnicero hosco, cerril, de acero fácil, al que siempre imaginé bajito, cetrino, barbudo, tranquilo y silencioso.
Otra película que rodó Carlos Saura, El Dorado, tampoco era para tirar cohetes; pero afinaba más. Calaba mejor la psicología del asunto y el ambiente, aunque también me dejó con las ganas: Omero Antonutti «que luego encarnó a un excelente maestro de esgrima» tampoco cuajaba el personaje. No era mi Lope de Aguirre. Si tuviera que quedarme con algo de toda esa peripecia amazónica, sería con la carta famosa que Aguirre escribió al rey de España para decir que renegaba de él y de su casta, y que desde ese momento él y sus hombres se proclamaban libres e iban a su aire: «Estando tu padre y tú en los reinos de Castilla sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos, a costa de su sangre y hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes. Mira que no se puede llevar con título de rey justo ningún interés en estas tierras donde no aventuraste nada».
Esa carta la calificó Simón Bolívar de primera declaración de independencia americana; pero el libertador barría para casa. Lo que a mi juicio simboliza Aguirre, dirigiéndose así a Felipe II, es la osadía del español arrogante, cruel como la tierra que lo parió, harto de trabajos sin recompensa, maltratado por monarcas, ministros y gobernadores, que se revuelve en el extremo del mundo, gritando que cuanto pagaron su sudor y sangre le pertenece. Que él mata con sus manos y fía con su vida el precio de tanto horror y trabajos; mientras que el gobernante, allá en su palacio «entonces como ahora», gobierna y mata de lejos sin arriesgar nada, con las leyes y los verdugos a su servicio. Y al cabo, rotos los diques de la sumisión y la obediencia, ese súbdito desesperado pregona a voces que, quien tenga agallas, vaya allí y se atreva a obligarlo. Dando mayor sentido a las palabras de Cervantes en El casamiento engañoso, cuando hace decir al alférez Campuzano: «Espada tengo. Lo demás, Dios lo remedie».

martes, 5 de octubre de 2010
Esto es España
Las 17 Navas de Tolosa
XLSemanal - 27/9/2010
No se cansa uno de aprender. Crees como un idiota que conoces todos los palos del registro, y los lectores demuestran que van siempre por delante de ti. Por eso teclear esta página me resulta tan instructivo. Por los rebotes. Tal es la razón de que hace unas semanas les contara que, aunque me es imposible responder a las cartas que llegan, leo hasta la última de ellas con el máximo interés. Aprendiendo de nosotros mismos.
Algunos de ustedes recordarán que hace poco hablé de las Navas de Tolosa: la carga de los reyes de Castilla, Aragón y Navarra contra las tropas almohades de Al Nasir. Batalla decisiva, dije, que apenas figura ya -o no figura en absoluto-, en los libros escolares. Quien me lee sabe que el arriba firmante tiene días gamberros, pero las cosas se las curra. Para eso está la biblioteca. A Las Navas nunca me habría atrevido a ir sin refrescar los clásicos: Ambrosio Hici, el texto fundamental de García Fitz, los dos volúmenes de Lago y González, la espléndida reconstrucción de mi compadre Juan Eslava y media docena de cosas más. Quiero decir que no improviso esas cosas, vamos. No las saco de Wikipedia.
Pero oigan. El retorno postal del artículo ha sido interesantísimo, porque el conjunto de cartas es asombroso. Aquel 16 de julio de 1212, fecha en cuya importancia coinciden todos los historiadores del mundo, hasta los guiris, me enfrenta a una triste radiografía de lo que somos y de lo que nos negamos a ser. Las cartas que agradecen la referencia histórica, las que sugieren libros o aportan opiniones y datos, han sido numerosas. Aunque lo fascinante, esta vez, es el modo en que lectores de buena fe, en cartas inteligentes, respetuosas y documentadas, reaccionan ante los detalles de la historia que yo contaba. Todos, sin excepciones, en función de su localización geográfica: la comunidad autónoma, la ciudad, casi el pueblo de cada cual.
El conjunto es desolador: diecisiete versiones distintas. Sabemos que ciertos detalles de aquel suceso aún son debatidos por los historiadores, y que la unidad lograda ese día iba cogida con alfileres; pero el hecho indiscutible, y ejemplar, es que tres reyes españoles batieron juntos en Las Navas al ejército almohade. Es lo que, sencillamente, yo destacaba en el limitado espacio de folio y medio. Sin embargo, dos lectores leoneses de buena solvencia, picados por que el artículo mencionase la ausencia histórica de tropas leonesas en la batalla -pues, efectivamente, el rey de León no estuvo allí-, me escriben para dejar claro que Las Navas no fue tan decisiva como se dice, que el rey Alfonso VIII de Castilla era -uno lo sentencia expresamente- «un verdadero miserable»; y que si los leoneses aprovecharon el trajín para tomar algunas plazas ocupadas por Castilla, sus motivos tenían. Cosa que, por cierto, no negaba el artículo. Otro profesor, navarro y con prestigio universitario, lamenta que no se destacara en el texto «al verdadero protagonista de la batalla», el rey Sancho VII de Navarra; monarca al que, desde una opuesta óptica castellana, otro lector, burgalés, califica como «rey turbio y poco de fiar». Por supuesto, el papel en Las Navas de Pedro II de Aragón -«el monarca catalán Pere II», matizan desde Tarragona con toda la seriedad del mundo- varía de unas cartas a otras: de «rey caballero» a «oportunista aventurero». Tampoco falta quien rebaja la importancia del enemigo, Al Nasir, que no suponía, sostiene, amenaza para el mundo cristiano, por lo que «habría dado lo mismo que lo derrotaran o no». En lo de quitar méritos tampoco zaguea un lector aragonés, que pone al rey castellano de vuelta y media, afirmando que la fama de la batalla se debe a un proceso de manipulación y propaganda organizado a medias por Alfonso de Castilla -«Guerrero mediocre, derrotado en Uclés»- y el arzobispo Jiménez de Rada.
Y ojo. Esos que cito son los doctos: gente respetable por su cultura y argumentos. En otros niveles, imaginen el percal. Ahí entran a saco lectores más elementales, incluidos algunos que blasonan, osados, de su ignorancia. Uno me reprocha que llame moros a los moros, otro confunde almohades -que eran norteafricanos- con andalusíes, y otro, desconociendo que la palabra Hispania la usaban los romanos, critica «que hable de tres reyes españoles cuando en 1212 España todavía no existía» y propone el delicioso término «reyes de naciones ibéricas». Incluido el pobre indocumentado -joven me temo, con la gravedad que eso implica- que afirma, en correo electrónico, que Diego López de Haro, que mandaba la vanguardia cristiana en la batalla, «no era vasco, pues es mentira histórica que los vascos defendiéramos nunca otra cosa que nuestra independencia de Castilla».
Todo lo cual confirma, una vez más, la vieja sospecha: España no tiene otro problema que nosotros. Los españoles.
XLSemanal - 27/9/2010
No se cansa uno de aprender. Crees como un idiota que conoces todos los palos del registro, y los lectores demuestran que van siempre por delante de ti. Por eso teclear esta página me resulta tan instructivo. Por los rebotes. Tal es la razón de que hace unas semanas les contara que, aunque me es imposible responder a las cartas que llegan, leo hasta la última de ellas con el máximo interés. Aprendiendo de nosotros mismos.
Algunos de ustedes recordarán que hace poco hablé de las Navas de Tolosa: la carga de los reyes de Castilla, Aragón y Navarra contra las tropas almohades de Al Nasir. Batalla decisiva, dije, que apenas figura ya -o no figura en absoluto-, en los libros escolares. Quien me lee sabe que el arriba firmante tiene días gamberros, pero las cosas se las curra. Para eso está la biblioteca. A Las Navas nunca me habría atrevido a ir sin refrescar los clásicos: Ambrosio Hici, el texto fundamental de García Fitz, los dos volúmenes de Lago y González, la espléndida reconstrucción de mi compadre Juan Eslava y media docena de cosas más. Quiero decir que no improviso esas cosas, vamos. No las saco de Wikipedia.
Pero oigan. El retorno postal del artículo ha sido interesantísimo, porque el conjunto de cartas es asombroso. Aquel 16 de julio de 1212, fecha en cuya importancia coinciden todos los historiadores del mundo, hasta los guiris, me enfrenta a una triste radiografía de lo que somos y de lo que nos negamos a ser. Las cartas que agradecen la referencia histórica, las que sugieren libros o aportan opiniones y datos, han sido numerosas. Aunque lo fascinante, esta vez, es el modo en que lectores de buena fe, en cartas inteligentes, respetuosas y documentadas, reaccionan ante los detalles de la historia que yo contaba. Todos, sin excepciones, en función de su localización geográfica: la comunidad autónoma, la ciudad, casi el pueblo de cada cual.
El conjunto es desolador: diecisiete versiones distintas. Sabemos que ciertos detalles de aquel suceso aún son debatidos por los historiadores, y que la unidad lograda ese día iba cogida con alfileres; pero el hecho indiscutible, y ejemplar, es que tres reyes españoles batieron juntos en Las Navas al ejército almohade. Es lo que, sencillamente, yo destacaba en el limitado espacio de folio y medio. Sin embargo, dos lectores leoneses de buena solvencia, picados por que el artículo mencionase la ausencia histórica de tropas leonesas en la batalla -pues, efectivamente, el rey de León no estuvo allí-, me escriben para dejar claro que Las Navas no fue tan decisiva como se dice, que el rey Alfonso VIII de Castilla era -uno lo sentencia expresamente- «un verdadero miserable»; y que si los leoneses aprovecharon el trajín para tomar algunas plazas ocupadas por Castilla, sus motivos tenían. Cosa que, por cierto, no negaba el artículo. Otro profesor, navarro y con prestigio universitario, lamenta que no se destacara en el texto «al verdadero protagonista de la batalla», el rey Sancho VII de Navarra; monarca al que, desde una opuesta óptica castellana, otro lector, burgalés, califica como «rey turbio y poco de fiar». Por supuesto, el papel en Las Navas de Pedro II de Aragón -«el monarca catalán Pere II», matizan desde Tarragona con toda la seriedad del mundo- varía de unas cartas a otras: de «rey caballero» a «oportunista aventurero». Tampoco falta quien rebaja la importancia del enemigo, Al Nasir, que no suponía, sostiene, amenaza para el mundo cristiano, por lo que «habría dado lo mismo que lo derrotaran o no». En lo de quitar méritos tampoco zaguea un lector aragonés, que pone al rey castellano de vuelta y media, afirmando que la fama de la batalla se debe a un proceso de manipulación y propaganda organizado a medias por Alfonso de Castilla -«Guerrero mediocre, derrotado en Uclés»- y el arzobispo Jiménez de Rada.
Y ojo. Esos que cito son los doctos: gente respetable por su cultura y argumentos. En otros niveles, imaginen el percal. Ahí entran a saco lectores más elementales, incluidos algunos que blasonan, osados, de su ignorancia. Uno me reprocha que llame moros a los moros, otro confunde almohades -que eran norteafricanos- con andalusíes, y otro, desconociendo que la palabra Hispania la usaban los romanos, critica «que hable de tres reyes españoles cuando en 1212 España todavía no existía» y propone el delicioso término «reyes de naciones ibéricas». Incluido el pobre indocumentado -joven me temo, con la gravedad que eso implica- que afirma, en correo electrónico, que Diego López de Haro, que mandaba la vanguardia cristiana en la batalla, «no era vasco, pues es mentira histórica que los vascos defendiéramos nunca otra cosa que nuestra independencia de Castilla».
Todo lo cual confirma, una vez más, la vieja sospecha: España no tiene otro problema que nosotros. Los españoles.
lunes, 13 de septiembre de 2010
18.000 Romanos de Playmobil
Esto no es modelismo ni historia, pero bueno es increible, trae recuerdos de niño y el segundo video no tiene adjetivos
sábado, 4 de septiembre de 2010
El combate de Cabo Machichaco, 5 de Marzo de 1937
Patentes de corso
Un Gudari de Cartagena
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 12/10/2008
Colecciono combates navales desde niño, cuando mi abuelo y mi padre me contaban Salamina, Actium, Lepanto o Trafalgar, veía en el cine películas como Duelo en el Atlántico, Bajo diez banderas, Hundid el Bismarck, La batalla del Río de la Plata o El zorro de los océanos -John Wayne haciendo de marino alemán, nada menos-, o leía sobre el último zafarrancho del corsario Emden con el crucero Sidneyfrente a las islas Cocos. Dos episodios de la Guerra Civil española se contaron siempre entre mis favoritos: el hundimiento del Baleares y el combate del cabo Machichaco. Los conozco de memoria, como tantos otros. Cada maniobra y cada cañonazo. A veces, en torno a una mesa de Casa Lucio, cambio cromos con Javier Marías o Agustín Díaz Yanes, a quienes también les va la marcha aunque sean más de tierra firme: Balaclava, Rorke's Drift, Stalingrado, Montecassino. Sitios así.
La del cabo Machichaco es mi historia naval española favorita del siglo XX. Sé que lo de historia española incomodará a alguno, pues se trata del más gallardo hecho de armas de la marina de guerra auxiliar vasca durante la Guerra Civil; pero luego matizo la cosa. Un episodio, éste, heroico y estremecedor, que tuvo lugar el 5 de marzo de 1937 frente a Bermeo, cuando el crucero Canarias dio con un pequeño convoy republicano formado por el mercante Galdames y cuatro bous armados de escolta. La mar era mala; el Canarias, el buque más poderoso de la flota nacional; y los bous, unos simples bacaladeros grandes, armados de circunstancias. Después de incendiar uno de ellos, el Gipúzkoa, que tras combatir pudo refugiarse en Bermeo, y alejar a otros dos, el crucero nacional dio caza al mercante, que paró sus máquinas. Luego decidió ocuparse del Nabarra.
Háganse idea. Un crucero de combate, blindado, de 13.000 toneladas, con cuatro torres dobles de 203 milímetros, capaces de enviar proyectiles de 113 kilos a 29 kilómetros de distancia, enfrentado a un bacaladero -el ex Vendaval, incautado por el gobierno vasco- de 1.200 toneladas, dotado con sólo un cañón de 101,6 a proa y otro igual a popa. El comandante del Nabarra era un marino mercante asimilado a teniente de navío, que había pasado toda su vida profesional en los bacaladeros de la empresa pesquera PYSBE, y que al estallar la contienda civil decidió seguir la suerte que corrieran los barcos de ésta. Y al verse encima al Canarias, que lo batía desde 7.000 metros de distancia con toda su artillería, decidió pelear. Puesto a ser hecho prisionero y fusilado, dijo tras reunir a sus oficiales en el puente, prefería hundirse con el barco. Todos estuvieron de acuerdo. Así que se pusieron a ello.
Fuerte marejada. Un cielo gris, viento y chubascos. Y hombres que se vestían por los pies. Arrimándose cuanto pudo, el humilde bacaladero consiguió meterle al crucero algún cañonazo en la amura de babor y otros que le tocaron palos y antenas. Durante una hora, maniobrando entre el oleaje, el Nabarra sostuvo el fuego de un modo que los mismos enemigos -el comandante y el director de tiro del Canarias- calificarían luego en sus partes de eficaz y admirable. Al fin, el cañoneo devastador del crucero liquidó el asunto cuando un impacto directo acertó en el puente del Nabarra, matando al timonel y al segundo oficial. Otro proyectil de 203 milímetros alcanzó la sala de máquinas y destrozó a cuantos estaban allí. Ya sin gobierno, aunque disparando sin cesar, el bacaladero encajó nuevos cañonazos enemigos. Al fin, viendo imposible proseguir el combate, su comandante dio orden a los supervivientes de que intentaran salvarse, quedándose él a bordo con el primer oficial hasta que el barco estalló y se fue a pique. Sólo veinte de los cuarenta y nueve tripulantes consiguieron llegar a los botes salvavidas. El resto, comandante incluido, desapareció en el mar.
Y ahora quiero apuntar un detalle que las fanfarrias oficiales y algún historiador de pesebre local suelen dejar de lado cuando se menciona la acción del cabo Machichaco: el comandante que de ese modo cumplió su deber y su palabra, hundiéndose con el barco después de tan atrevido combate, respetado y obedecido por sus hombres hasta el último instante de sus vidas, no era vasco. Había nacido en La Unión, Cartagena. Paisano mío. Estaba casado con una guipuzcoana llamada Natividad Arzac, hija del médico de Pasajes -una sobrina suya, Pilar Echenique Arzac, vive todavía en San Sebastián-, y peleó, como mandaban las ordenanzas, con la ikurriña izada en la proa y la bandera tricolor de la República Española ondeando en la popa, hasta que a las dos las desgarró, juntas y al mismo tiempo, la metralla del Canarias. Enrique Moreno Plaza, se llamaba el tío. Teniente de navío de la Euzkadiko Gudontzidia. Con un par de huevos exactamente donde hay que tenerlos. Acababa de cumplir treinta años.

Mercante Galdames

Torres de proa del crucero Canarias

Esquema del Combate de Matxitxako

Bou incendiado Gipuzkoa en Matxitxako. Cuadro de David Cobb

Bou Bizkaya captura al Yorkbrook en Matxitxako. Cuadro de David Cobb

Bou Nabarra durante el combate de Matxitxako. Cuadro de David Cobb

Bou Donostia en Matxitxako. Cuadro de David Cobb

Daños sufridos en Matxitxako por el bou Gipuzkoa cañon de popa

Manuel Calderon oficial del Canarias y Pedro De la Hoz marinero del Nabarra en 1975

Bou Bizcaya atracando

Bou Nabarra
Fotos: http://www.gudontzidia.eu/es/actividades.php?o=5
Un Gudari de Cartagena
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 12/10/2008
Colecciono combates navales desde niño, cuando mi abuelo y mi padre me contaban Salamina, Actium, Lepanto o Trafalgar, veía en el cine películas como Duelo en el Atlántico, Bajo diez banderas, Hundid el Bismarck, La batalla del Río de la Plata o El zorro de los océanos -John Wayne haciendo de marino alemán, nada menos-, o leía sobre el último zafarrancho del corsario Emden con el crucero Sidneyfrente a las islas Cocos. Dos episodios de la Guerra Civil española se contaron siempre entre mis favoritos: el hundimiento del Baleares y el combate del cabo Machichaco. Los conozco de memoria, como tantos otros. Cada maniobra y cada cañonazo. A veces, en torno a una mesa de Casa Lucio, cambio cromos con Javier Marías o Agustín Díaz Yanes, a quienes también les va la marcha aunque sean más de tierra firme: Balaclava, Rorke's Drift, Stalingrado, Montecassino. Sitios así.
La del cabo Machichaco es mi historia naval española favorita del siglo XX. Sé que lo de historia española incomodará a alguno, pues se trata del más gallardo hecho de armas de la marina de guerra auxiliar vasca durante la Guerra Civil; pero luego matizo la cosa. Un episodio, éste, heroico y estremecedor, que tuvo lugar el 5 de marzo de 1937 frente a Bermeo, cuando el crucero Canarias dio con un pequeño convoy republicano formado por el mercante Galdames y cuatro bous armados de escolta. La mar era mala; el Canarias, el buque más poderoso de la flota nacional; y los bous, unos simples bacaladeros grandes, armados de circunstancias. Después de incendiar uno de ellos, el Gipúzkoa, que tras combatir pudo refugiarse en Bermeo, y alejar a otros dos, el crucero nacional dio caza al mercante, que paró sus máquinas. Luego decidió ocuparse del Nabarra.
Háganse idea. Un crucero de combate, blindado, de 13.000 toneladas, con cuatro torres dobles de 203 milímetros, capaces de enviar proyectiles de 113 kilos a 29 kilómetros de distancia, enfrentado a un bacaladero -el ex Vendaval, incautado por el gobierno vasco- de 1.200 toneladas, dotado con sólo un cañón de 101,6 a proa y otro igual a popa. El comandante del Nabarra era un marino mercante asimilado a teniente de navío, que había pasado toda su vida profesional en los bacaladeros de la empresa pesquera PYSBE, y que al estallar la contienda civil decidió seguir la suerte que corrieran los barcos de ésta. Y al verse encima al Canarias, que lo batía desde 7.000 metros de distancia con toda su artillería, decidió pelear. Puesto a ser hecho prisionero y fusilado, dijo tras reunir a sus oficiales en el puente, prefería hundirse con el barco. Todos estuvieron de acuerdo. Así que se pusieron a ello.
Fuerte marejada. Un cielo gris, viento y chubascos. Y hombres que se vestían por los pies. Arrimándose cuanto pudo, el humilde bacaladero consiguió meterle al crucero algún cañonazo en la amura de babor y otros que le tocaron palos y antenas. Durante una hora, maniobrando entre el oleaje, el Nabarra sostuvo el fuego de un modo que los mismos enemigos -el comandante y el director de tiro del Canarias- calificarían luego en sus partes de eficaz y admirable. Al fin, el cañoneo devastador del crucero liquidó el asunto cuando un impacto directo acertó en el puente del Nabarra, matando al timonel y al segundo oficial. Otro proyectil de 203 milímetros alcanzó la sala de máquinas y destrozó a cuantos estaban allí. Ya sin gobierno, aunque disparando sin cesar, el bacaladero encajó nuevos cañonazos enemigos. Al fin, viendo imposible proseguir el combate, su comandante dio orden a los supervivientes de que intentaran salvarse, quedándose él a bordo con el primer oficial hasta que el barco estalló y se fue a pique. Sólo veinte de los cuarenta y nueve tripulantes consiguieron llegar a los botes salvavidas. El resto, comandante incluido, desapareció en el mar.
Y ahora quiero apuntar un detalle que las fanfarrias oficiales y algún historiador de pesebre local suelen dejar de lado cuando se menciona la acción del cabo Machichaco: el comandante que de ese modo cumplió su deber y su palabra, hundiéndose con el barco después de tan atrevido combate, respetado y obedecido por sus hombres hasta el último instante de sus vidas, no era vasco. Había nacido en La Unión, Cartagena. Paisano mío. Estaba casado con una guipuzcoana llamada Natividad Arzac, hija del médico de Pasajes -una sobrina suya, Pilar Echenique Arzac, vive todavía en San Sebastián-, y peleó, como mandaban las ordenanzas, con la ikurriña izada en la proa y la bandera tricolor de la República Española ondeando en la popa, hasta que a las dos las desgarró, juntas y al mismo tiempo, la metralla del Canarias. Enrique Moreno Plaza, se llamaba el tío. Teniente de navío de la Euzkadiko Gudontzidia. Con un par de huevos exactamente donde hay que tenerlos. Acababa de cumplir treinta años.

Mercante Galdames

Torres de proa del crucero Canarias

Esquema del Combate de Matxitxako

Bou incendiado Gipuzkoa en Matxitxako. Cuadro de David Cobb

Bou Bizkaya captura al Yorkbrook en Matxitxako. Cuadro de David Cobb

Bou Nabarra durante el combate de Matxitxako. Cuadro de David Cobb

Bou Donostia en Matxitxako. Cuadro de David Cobb

Daños sufridos en Matxitxako por el bou Gipuzkoa cañon de popa

Manuel Calderon oficial del Canarias y Pedro De la Hoz marinero del Nabarra en 1975

Bou Bizcaya atracando

Bou Nabarra
Fotos: http://www.gudontzidia.eu/es/actividades.php?o=5
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